Imaginarios juveniles sobre la vejez: lo que piensan los jóvenes sobre envejecer

¿Qué creen los jóvenes que es la vejez? ¿Cómo imaginan su propia vejez? ¿Qué decisiones toman hoy para prepararse para esa etapa? Durante los últimos meses, trabajé con 72 estudiantes universitarios de la Facultad de Trabajo Social en Coahuila, en su mayoría mujeres, con una edad promedio de 19 años y medio. Sus respuestas revelan algo inquietante: mientras México envejece aceleradamente, la generación que hereda ese mundo construye imaginarios sobre la vejez que reproducen desigualdades sin cuestionarlas.

El espejo de la vejez: números que alarman

Los números son contundentes. Hace apenas dos décadas, la edad mediana de los mexicanos era de 22 años. Hoy es 29. Para 2050, casi una de cada tres personas será mayor de 60 años, cuando hoy ese indicador es una de cada diez. Sin embargo, esta realidad no es visualizada con la claridad que necesita y actuamos como ciegos ante los problemas más cruciales del país. Entonces, ¿cómo vamos a envejecer juntos si los jóvenes imaginan la vejez como un territorio de deterioro inevitable, soledad y abandono?

La vejez padecida

La vejez en los imaginarios juveniles no es una etapa de vida, sino un estigma, evocando las categorías de análisis de Ervin Goffman. Entre el 80 y el 90% de los estudiantes asocia vejez con deterioro físico-mental.  «Es algo triste y difícil porque la mayoría de las personas tienen enfermedades», escribe una estudiante.  «Es cuando comienza a deteriorarse tu cuerpo y mente», dice otro. El lenguaje es revelador: la vejez no es vivida, sino padecida; no ha llegado y ya se sufre, se soporta, pero no la toleran.

La paradoja: la suma entre deterioro y responsabilidad individual

Pero acá surge una paradoja que invita a la reflexión. Al mismo tiempo que imaginan la vejez como deterioro, el 80% de estos jóvenes cree que es posible «prevenirla» mediante decisiones individuales. Cuidar la alimentación, hacer ejercicio, ahorrar dinero, invertir en un futuro seguro. El mensaje implícito es claro: si tu vejez es precaria, es porque no planificaste lo suficiente. La responsabilidad es tuya.

Ahora bien, esta paradoja no es accidental; al contrario, refleja la internalización simultánea de dos discursos hegemónicos: el modelo biomédico que ve la vejez como declive natural (independiente de su construcción social) y el modelo neoliberal que transforma el cuidado de la vida en responsabilidad individual. Para el joven que la interioriza, la tensión gira en torno a ser realista y emprendedor de su vida. Lo problemático es que encubre, mediante culpabilización personal, las desigualdades estructurales que producen vejeces precarias.

La realidad estructural

Hay también otra realidad. En América Latina, más del 30% de las personas mayores de 65 años vive en pobreza. El acceso a pensiones, salud y protección social está marcado por la inequidad. Particularmente, las mujeres enfrentan una «doble desventaja» después de una vida de “doble jornada”: trayectorias laborales fragmentadas por la maternidad y el cuidado, que se traduce en ingresos menores en la vejez.

Y aquí, nuevamente, los imaginarios juveniles reproducen estas desigualdades sin discutirlas. Las mujeres cuestionadas imaginan su vejez ligada a la familia, al cuidado de nietos, al «hogar donde van mis hijos». Los hombres hablan de independencia económica, patrimonio, libertad para viajar y hobbies. Estas diferencias no son naturales; son el resultado de una historia de desigualdad de género que se perpetúa a través de lo que imaginamos y acompaña también la fusión de los sistemas de diferenciación social y la manera de pensar.

Los silencios: lo no dicho como dato político

Pero lo más alarmante no es lo que los jóvenes dicen, sino lo que callan. En 216 segmentos de texto analizados —72 estudiantes respondiendo tres preguntas cada uno— ciertos temas simplemente no aparecen.

Derechos de las personas mayores: cero menciones.  Ciudadanía, participación política: ausencia total.  Responsabilidad estatal en políticas de pensión, salud, cuidado: invisible.  Diversidad (LGBTQ+, indígenas, migrantes): inexistente.

Este silencio no es casual. Es estructural. Refleja la efectividad de la hegemonía neoliberal: lo que antes era derecho social —envejecer con seguridad— hoy es responsabilidad individual. La vejez está fuera del horizonte de justicia social de los jóvenes. No es asunto de derechos intergeneracionales, sino problema familiar, que se soluciona proponiendo el modelo exitoso de envejecimiento.

En comparación con estudios sobre pobreza, desempleo o juventud, donde típicamente emergen referencias a política pública y demanda de cambio, la vejez genera silencio político. Los jóvenes reconocen que hay desigualdad —«no todos envejecen igual», dice uno—, pero esto no se traduce en solidaridad colectiva o una proyección futura. Aparece como destino oculto, inevitable e invisible, no como injusticia a transformar.

La fisura: imaginarios alternativos, débiles pero presentes

Existe, sin embargo, una esperanza. El 40% de los jóvenes reconoce sabiduría y experiencia en las personas mayores como definición de la vejez. Algunos la imaginan como etapa de libertad, de tiempo para sí mismos y actividades fuera del trabajo. Estos imaginarios alternativos existen, aunque débiles, marginales, que no logran transformar la representación hegemónica, pero muestran puntos de interés para indagar su constitución.

¿Qué consecuencias tiene para una sociedad que su juventud imagine la vejez como carga individual sin horizonte de derecho colectivo? Si los jóvenes que hoy tienen en promedio 19 años internalizan que la vejez se gestiona por fuera del lazo social, sin responsabilidad estatal, sin solidaridad generacional, envejecerán en condiciones de mayor precariedad y plena de injusticias percibidas como normales. Y las brechas de desigualdad no cesarán de aumentar.

Transformar estos imaginarios no es automático. Requiere educación pensada sobre vejez como construcción social, no como destino biológico. Requiere visibilizar a personas mayores como actores políticos, no como sabios pasivos o carga social. Requiere que los jóvenes piensen políticamente como parte de una justicia intergeneracional porque a ellos también les va a llegar la injusticia.

La sociología tiene una tarea política aquí. No es solo describir los imaginarios, sino politizarlos. Es mostrar que lo que parece natural —envejecer de manera individual— es, en realidad, efecto de sistemas de desigualdad que puede y debe transformarse.

Una sociedad que educa a jóvenes en la solidaridad intergeneracional, que los involucra en demandas de justicia para otros, que afirma la vejez como derecho y no como gestión individual del riesgo, está construyendo futuro compartido. Quizá sea el momento de enseñar a los jóvenes que la vejez es, también, un asunto de todos.

Fernando Bruno

CEII – UadeC